Te soñé de nuevo

Estaba en la sala de una casa grande. Había una fiesta, no sé a quién fui a ver o a quién acompañé, pero ahí estaba yo bebiendo ponche de durazno y leyendo una revista. La revista tenía fotos de bandas y sus miembros, los instrumentos que usaban y demás. Y de repente, una foto donde sales tú. La vi más de cerca porque no te reconocía. De repente, un escándalo, alguien acababa de llegar. Las personas sacaban fotos con flash, video, hacían preguntas, pedían autógrafos y yo me había confundido más.

Y pues, bueno, eras tú. Dijeron tu nombre y pensé “no puede ser, qué hace él aquí”. Intenté esconderme pero también quería ver cómo eras ahora. Te vi y me pareciste la persona más irreverente y, a la vez, aburrida del resto de la gente, pero la risa no tardó en aparecer. Como el músico que eras debías llevar una vida extravagante, por eso usabas un vestido. Era azul con florecitas blancas y amarillas y ramitas verdes, tenía un moño atrás. Era de tirantes y lo usabas encima de un sueter café con verde, todo mal puesto. No llevabas pantalones ni mallas abajo, eso sería demasiado ridículo, sólo traías las botas. Tenías una banda en la frente que te sostenía el cabello descuidado. Usabas joyería que no necesitabas y que no se te veía bien. Y cargabas un estuche de guitarra acústica. Recibías los halagos y las felicitaciones de las otras personas, como si fueran chocolates, los comías y los comías, dabas las gracias y volvías a comer. Y así seguiste hasta que te hartaste.

Traté de no hostigarte con la mirada para que no voltearas a verme, pero como fui la única que no se acercó a ti y se quedó en un rincón, volteando a la pared, cubriéndose la cara con una revista mientras sollozaba, tarde o temprano iba a llamar la atención de alguien.

Sentí que te acercabas, sentí tu mano en mi hombro, sentí el aliento de tu voz en mi cabeza, “Oye, ¿estás bien?”. Giré, aún cubriendo mi cara con la revista, y cuando terminé reconociéndote en ésa foto, y luego te vi, contrastando totalmente con la fotografía, te sorprendiste porque tenía lágrimas en los ojos y la cara toda roja, pero yo solté la carcajada de mi vida al verte tan ridículo y con cara de sorprendido. Tratabas de calmarme pero yo te imponía mi mano con el brazo estirado para que no te acercaras. Mi estómago dolía demasiado pero era imposible parar de reír viéndote vestido de esa manera.

Piedad, detente. Me duelen mucho el estómago y la cara.

Terminé en un sofá exhausta y cansada. Te vi, aún con risitas, y te saludé. Me regresaste el saludo y te pedí disculpas. Me dijiste “no, no te preocupes, pero me alegra que estés aquí”. -Mira, yo no tengo idea de qué hago aquí, así que no te emociones tampoco. -Ah, pues… No importa, no creo que te aburras.

Me mostraste un álbum de fotos donde salíamos los dos, eran recuerdos del tiempo que pasamos juntos, del que creí que estábamos contentos, que nos sentíamos bien. Me enseñaste fantasías y empecé a llorar.

¿Qué opinaría Adam West? ¿O tu?

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