Siempre persiguiendo, siempre escapando, siempre sobreviviendo

Iba camino a la escuela, se me había hecho tarde. Mi escuela era una institución que se encontraba escondida bajo tierra y que el único acceso a ella era una especie de torre mirador, aunque tenía más aspecto de faro. No recuerdo cuál fue el propósito de mi escuela pero ciertos factores hicieron darme cuenta de que algo no estaba bien. Me faltaban metros para acercarme más (iba caminando), y de alguna manera alguien me envió videos de policías uniformados de negro y militares destruyendo la escuela, y matando alumnos. Yo tenía unos binoculares, busqué un punto alto y desde ahí observé la escena; la masacre había terminado, había restos de humanos y de objetos estudiantiles, reconocí profesores y directores, todo era una especie de complot. De repente hubo un disparo fallido hacia a mi: alguien me había detectado. Huí y al mismo tiempo buscaba el origen de los disparos que me seguían tirando. Estuve acorralada en un montículo de rocas, había mucha tierra corriendo con el viento, y una figura grande empezaba a visualizarse enfrente de mi, grande y robusta, su ropa se ondeaba con el viento: era Beto, mi mejor amigo, me sentí aliviada y a salvo, pero él vestía ropa negra de policía, con la gabardina e insignia que distingue a la sección caza recompensa. Su mirada era de desprecio hacia lo que tenía que hacer, mis ojos lloraban muchos por qués, me apunta con su arma y jala el gatillo al mismo tiempo que todo obscurece.

Un chico corre, con el miedo atorado en la garganta, de la manera más rápida posible. Una sombra más obscura que el camino que el chico estaba recorriendo lo perseguía, imitando sus movimientos y sus ademanes, como si fuera su propia sombra. El muchacho, agotado, tropieza pero no puede volverse a levantar después de varios intentos, sus piernas ya estaban muy cansadas, su respiración estaba atrofiada y ya no sabía si lo que sus ojos le mostraban era fantasía o su triste realidad impuesta por el maldito destino. La sombra monstruosa empezó a cubrirlo con hilos delgados y gruesos desde los pies. El joven, viviendo un instante de terror infernal, se sostiene la cabeza con ambas manos, sus ojos perdidos ya no querían ver, y se acurruca en posición fetal. Los hilos lo estaban cubriendo poco a poco, sin importar los susurros de súplica y perdón, sin importar los temblores y las convulsiones, sin importar la pequeña voz cortada con lágrimas que empezaron a salir de los ojos idos del chico. Un zarpazo o un aullido, o ambos, rompieron unos cuantos hilos desvaneciéndose en luz, soltaron las manos del chico y pudo soltarse un poco. Otro zarpazo, gruñidos, mordidas, puñetazos, patadas, todos los hilos los iba destruyendo. Un hombre lobo había deshecho la sombra negra y todo era luz blanca y brillante. El joven, enfocando sus ojos en la figura del hombre lobo, cuyo contorno desaparecía con el resplandor de la luz hasta convertirlo en hombre, aún tenía miedo de ser devorado. El hombre se acercó y se inclinó extendiendo su mano al muchacho, mostrando una sonrisa amable y de bienestar. El muchacho, Efrén, con duda en su mirada, decide estrechar su mano con la del hombre lobo, Daniel.

Una chica de cabello alborotado camina aprisa en un edificio enorme de departamentos, por alguna razón tuvo que llegar ahí, necesita esconderse y se angustia porque no encuentra dónde. Logra hallar un departamento que le inspira un poco de confianza y decide adentrarse en el. Atraviesa la entrada caminando de manera presurosa, estaba ansiosa por sentir alivio, iba directo al fondo del departamento donde había otra puerta. Y justo después de atravesar la entrada, gracias a la luz que entraba de afuera se pudo distinguir cómo aterriza alguien desde el techo y la persigue indiscretamente. La chica gira su rostro y sus ojos se llenan de miedo inmediatamente, estaba a punto de llegar a la puerta, entonces el joven bestia que ya tenía cicatrices en el cuerpo y en el rostro, la acorrala contra esa puerta usando todo su cuerpo, la seduce con las garras de una mano pasando de su pecho a su barbilla, babeando de hambre la ve a los ojos y su rostro se transforma en una expresión macabra. En ese instante el joven abre la puerta al mismo tiempo que empuja a la chica, y grita de terror al caer por el barandal que estaba detrás de ella, cayendo desde un doceavo piso. El joven bestia se dispone a saltar por el barandal para perseguirla en su caída cuando recibe una patada en el rostro. La chica queda balanceada de pie en el delgado barandal con impresionante equilibrio. La bestia se incorpora del suelo sorprendido de que su presa haya regresado de la caída, enfurecido le lanza un zarpazo que ella logra esquivar haciendo un salto mortal, cayendo en otro barandal un piso abajo. El joven bestia la persigue y ambos empiezan una persecución haciendo parkour. Él, en cada ataque que hacía se transformaba cada vez más en lo que parecía ser un hombre lobo. La chica no le regresaba los ataques, sólo los esquivaba, recibiendo uno que otro rasguño. Ella logra llegar al techo saltando y sosteniéndose de ventanas y balcones pero el hombre lobo llegó antes. Ella corre velozmente para que él no la alcance, pero él es más rápido. Ella, a la orilla del punto más alto del edificio, queda acorralada otra vez. Efrén, con postura de estar seguro de que esta vez su escurridiza presa no volverá a escapar, se abalanza sobre ella lanzando un último ataque, veloz y preciso, y Mariana, como la vez anterior, sólo se dejó caer de espaldas.

Corro por unas calles angostas, esquivando puertas de casas abiertas, autos estacionados, niños jugando y personas vendiendo frutas. Mi ropa está sucia, mi maleta pesa cada vez más por mi cansancio. Volteo hacia atrás y ya no veo a nadie persiguiéndome, pero posiblemente me va a volver a alcanzar como otras veces. Sigo corriendo, no tengo tiempo de esconderme ni de pedir ayuda. Tampoco había alguien que me pudiera ayudar. Doy vuelta en una esquina tan veloz como distraída, choqué contra alguien que venía en dirección contraria a la mía. Ambas quedamos en el suelo, mareadas y asustadas. Miro hacia enfrente y mi susto se convierte en sorpresa.

– ¿Adriana? Qué demonios… ¡¿Qué demonios haces aquí?!
– ¡Ceci, Ceci, Ceci! No puedo creerlo, en verdad eres tú, ¡estoy tan cansada!

Me abrazó emocionada, tal vez era la única persona familiar que ha visto en un tiempo, y para mi ella era alguien que me daba un poco más de confianza. Sinceramente éso me hacía sentir más tranquila. Sus manos tenían vestigios de sangre, su ropa estaba muy sucia también. Su cabello alborotado y negro tenía muchas hojitas secas y basurillas.

– Adri, ¿qué te pasó?
– Tengo… Tengo que seguir.
– ¿Seguir a dónde? ¿Estás huyendo?
– ¡Si no, me alcanzará y será mi fin!
– ¡¿Quién te persigue, Adriana?!

La mirada de Adriana se distrae y empieza a sonreír. Volteo a ver hacia donde ella tiene puestos los ojos. Había una motoneta sucia y parecía abandonada.

– No creo que esa cosa funcione.
Adri se levanta y va presurosa hacia el vehículo.
– ¡Mira, tiene dos cascos!
– No manches. Adri, ni siquiera ha de tener gasolina.
– ¡Tiene el tanque lleno!
– … ¿Y cómo va a encender si no tenemos las llaves?
– Oye, mira, encontré unas llaves en el suelo.
– ¿Es en serio, Adriana? ¡¿ES EN SERIO?!
– … Pues sí, ¡mira, creo que sí son de la moto!

Inserta las llaves y encajan. Yo quedé atónita.

– Bueno, ¿sabes conducir? Porque yo no.
– Sí, sí sé conducir.

Se sube a la motoneta y me ofrece el otro casco.

– ¿Qué? Desde cuándo tú…
– ¡Sólo sube, tenemos que irnos!

Me subí y Adriana arrancó la motoneta. Avanzamos a velocidad rápida y me asusté. Fue sorpresa que Adriana supiera manejar una cosa de éstas. Bajamos a la carretera y estaba desértica. Adriana aceleró un poco más. Parecía que éramos las únicas en ese desierto, pero no estábamos solas. Miré hacia atrás y venía un equipo de motociclistas que corrían más rápido que nosotras, nos alcanzarían en cuestión de medio minuto. Saqué mis binoculares, enfoqué la vista y al frente del equipo motocilista venía Beto, los demás motociclistas también eran uniformados.

– ¡Adri, tenemos que ir más rápido!
– ¡¿Qué dijiste?!
– ¡Acelera, nos persiguen!
– ¡¿Quién?!

Ella voltea hacia atrás y nota un perro corriendo al lado de las motos.

– ¡Ceci, ¿es un perro?!
– ¡Se ve muy grande, no se ve como un perro normal!
– ¡¿Es como un lobo?!
– ¡No creo que haya lobos aquí, es un desierto!

Entonces el lobo se hace más grande, salta y a medio vuelo su figura se transforma en hombre; en hombre lobo. Adriana lo ve y gesto cambia a terror. Acelera a todo lo que daba la máquina. Increíblemente los íbamos dejando atrás, pero Beto aceleró y, por supuesto, nos alcanzó. El hombre lobo daba saltos y corría hasta quedar a un lado de nosotras. Cuando vi su cara reconocí que era Efrén, y cuando me vio a los ojos se sorprendió, entonces se enfureció más y trató de golpearnos. Adriana esquivó el ataque y siguió corriendo la moto. Beto ya nos había alcanzado, estaba a unos tres metros detrás de nosotras. Me apuntó con su arma. Efrén estaba volando encima de nosotras después de un salto. Estábamos acorraladas a alta velocidad. De mi maleta saqué un montón de granadas que logré activar al mismo tiempo. Las arrojé al aire, cuando Beto y Efrén estaban más juntos, y hubo una explosión.

Todo se puso blanco.

El viento y la arena que eran uno solo comenzaban a disiparse. Las motos estaban destrozadas. Los rines rechinaban al girar. No había nadie más, sólo un hoyo en el suelo. Y de repente, de ahí salió una mano que se sostuvo en la orilla.

Desperté.

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