Antes yo solía ser muy antipática y hermética. No confiaba en absolutamente nadie. No tenía razón para sonreír y saludar a alguien con gusto. No quería saber nada de nadie, tanto de sus éxitos como de sus derrotas. No tenía interés en salir de mi casa porque no tenía a dónde ir. Mi vida en el pasado apestaba en demasía, tanto que tres veces intenté cometer suicidio. Estaba deforme, nadie me quería, la escuela no me motivaba, no tenía amigos, mi mamá me deprimía. Lo único que me mantuvo viva fue el Internet.

Después todo eso cambió. Ruth me enseñó que la vida no tenía por qué ser así, que no era cierto. Que si había algo que no me gustaba de mi vida lo podía cambiar, y así lo hice. Comencé a trazar los caminos que quería recorrer y a dibujar lo que quería conocer, lo que quería hacer. Mis deseos de conocer y aprender más cosas incrementaron. Me sentía feliz. Conseguí trabajo, hice amigos, me puse a estudiar, bajé de peso porque mejoré mis hábitos alimenticios. Me sentía mejor que nunca.

Luego, en medio de unos eventos desafortunados, conocí a Efrén, el muchacho poeta aspirante a músico que, de alguna manera, me dejó encantada con su voz y su ingenio para hacerme reír sin razón alguna, y que a pesar de nuestras depresiones y desdichas, nuestros mundos tenían un poco más de vida y color. Pero él no me quería. A pesar de que él me encontró y me pidió estar a su lado, no me quería. A pesar de haberle puesto color a mi cuerpo, cadencia a mi nombre y movimiento a mi alma, él no me quería.

Yo creía que lo quería pero también era mentira.

Y sin embargo, lo extraño. Lo extraño para acariciarme con su voz de poeta y sus manos de músico. Lo extraño para hablar de lo que sea y no sentirme en competencia. Lo extraño para ser mi amigo con derechos y mi pareja con defectos. Pero en realidad no lo extraño a él, sino lo que sentí con él. Extraño esas noches de desvelo donde sólo nos dedicábamos a leer a Cortázar o a nosotros mismos. Extraño las bromas y los juegos de palabras de los que salían historias imposibles sobre nosotros. Extraño ver películas y series, hacer referencias e imitar personajes para jugar a que estábamos en una película con final feliz. Extraño tocar un instrumento, extraño dibujar. Extraño sentir que puedo ser arte y hacer el mío.

Extraño sentirme viva.

Y extraño todo eso porque se terminó hace tiempo. Y si se terminó fue porque ya no se podía soportar la mentira. Fue un año y medio de felicidad falsa. Y si fue falso de esa manera, qué cosa no lo será. Mi relación actual es una vil porquería. Yo sé que si le digo a Daniel que ya no quiero que la relación siga, no me va a decir nada. No va a dar opinión de nada, no va a querer solucionar nada. No va a hacer nada. Y si sé que es así, ¿por qué no me atrevo a decirlo? ¿Es mi esperanza, mis impulsos sexuales, el miedo a quedarme sin pareja, los beneficios de la motocicleta? No sé. Tal vez es por la dependencia que se formó de mi hacia él, porque él es el que se encarga de los gastos fuertes de la casa, conoce la ciudad como la palma de su mano, sabe hacer muchas cosas, tiene mucha experiencia en el sexo y me tiene mucha paciencia hasta cierto punto, puede llevarme y traerme a donde sea en una motocicleta. Pero realmente no lo sé. Ya no lo extraño cuando se va ni lo espero con ansias a que regrese del trabajo. Es una persona que parece vacía de emociones, no se atreve a manifestar ni siquiera opiniones. Como pareja no me da estabilidad, en el sentido de que no le importa hacerse responsable de la relación. Si le pregunto qué opina de cierto cambio o de alguna sugerencia sus respuestas siempre van a ser “como tú veas, como tú quieras, como tú gustes; por mi no hay problema”, ¿entonces cuál es el maldito punto?

Tal vez sí fue mi culpa, porque la idea que me había formado de lo que era tener pareja era muy absurda y tonta. No existe eso de que te diviertes con tu pareja. No es cierto que los dos comparten una vida y una casa para formar un hogar. No es cierto que se hace el amor. No es cierto que son felices. A veces escucho que se requiere mucha paciencia para amar al otro y ser felices, pero yo pienso que si el otro no hiciera pendejadas y realmente quisiera cambiar, no habría que aplicar la paciencia porque no es necesaria. Paciencia es la que le tienes a un hijo cuando lo estás educando, o a un cachorrito cuando lo estás entrenando, ¿pero a tu pareja?, ¿paciencia en qué, en que entienda por qué es bueno tener una alimentación sana?

A veces quisiera no sentir deseo sexual hacia nadie. Ya no me gusta fantasear y desear mi pareja ideal porque de nada me va a servir.

Siempre temí vivir rencorosa de la vida, y ahora parece que así moriré. Si quiero ser feliz tengo que concentrarme enteramente en mi. Y si tengo que morir para nacer otra vez e intentarlo de nuevo, pues que así sea.

Creo que perdí mi firmeza de manera muy fácil…

¿Qué opinaría Adam West? ¿O tu?

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