Cuando la realidad es más que evidente

Hoy estaba teniendo una buena mañana en el trabajo. Empiezo a recuperar la confianza en mi misma sobre mi personalidad y mis objetivos. Por lo general, cuando me siento así, algo sucede después que me destroza la emoción hacia la vida.

Cuando mi jefe estaba por salir llega un visitante inesperado. Los que lo reconocen lo saludan con efusividad y respeto (?). Todo pasa muy rápido. El tipo entra a la tienda y mi jefe se dirige a mi: él es Fulano Noséqué, el jefe, director y dueño de alguna empresa o compañía de las principales que distribuye café y servicios de cafetería a cadenas de restaurantes asociadas con supermercados, y cadenas de cafeterías. En resumen, el tipo era un papasfritas y había que tratarlo como el mismísimo Buda que había reencarnado en un ciclista mortal, y que nos estaba honrando con su presencia para otorgarnos una pizca de la sabiduría que envuelve el místico mundo cafetalero. Y no, no es exageración.

PERO PARA MI DESGRACIA, como dice el Residente de Calle 13, mi lengua no discrimina entre dúos, reyes y divas, a todos los voy a tratar con la misma saliva PORQUE SON PERSONAS, CARAJO.
Y TAMBIÉN PARA MI DESGRACIA, yo que siempre estoy al tanto de mantener toda la cafetería limpia, hoy precisamente tuve la confianza de decir “al ratito limpio” y descuidar la cafetera.

Prepárense, chicos, arderá Troya.
Ned-Flanders

Entra este sujeto dispuesto a darnos unas cuantas lecciones sobre barista, limpia los manerales, muele café, hace mil malabares y nos da a probar distintas extracciones. En algún momento el papasfritas preguntó por la higiene de los trapos, (sólo se estaban usando dos trapos, uno para la cafetera en general y otro para las lancetas, ¿por qué? Porque los trapos les valen madres, y si yo digo algo es para imponer o criticar). El tipo dijo “yo les sugeriría tener dos trapos aquí, uno seco y uno húmedo, el seco para secar los manerales y el húmedo para limpiar restos de café o la cafetera”. En ese momento, mi jefe estando a un lado de mi, me le acerqué más y le dije “por eso insistía mucho con los trapos”. El sólo asintió con la cabeza teniendo una mirada de pesadez.

Como se podrán imaginar, mi jefe estaba por demás estresado pues sentía que se le estaba sometiendo a una especie de examen (?). En otro momento el señor se centró en las lancetas que estaban sucias (pues claro, se les quitaban los restos de leche espumada o cremada con un trapo secoy nos empezó a enseñar (por segunda vez, por una segunda persona, por cierto) cómo limpiarlas. Nuevamente me acerqué a mi jefe y le comenté “no sé si Daniel haga eso cuando limpia la máquina” porque cuando yo llego en la mañana y empiezo a usar la cafetera, las malditas lancetas están sucias.

El sujeto se despide porque tiene urgencia por irse pues tenía un compromiso importante. Todos estábamos contentos y alegres cuando mi jefe se me acerca y en tono serio me dice “tenemos que platicar tu y yo arriba”. Cuando llegó mi hora de salida le avisé a mi jefe que estaba lista para hablar e irme; Dani ya había llegado por mi. Mi jefe y yo subimos a su oficina y empieza a hablarme a manera de regaño:

“Tu eres buenísima para criticar el trabajo de tus compañeros, pero no eres capaz de aceptar tus errores. No tuviste ni una pizca de humildad cuando estabas frente a este señor. Si creíste que quedaste bien con él, te equivocas. Y no sólo tu, también a mi y a la tienda nos hiciste quedar mal. No puedes criticar el trabajo de alguien cuando tu descuidas tanto el tuyo. ¿Cómo estaban los manerales? —Sucios. —¿Cómo estaba el molino? —Sucio. —¿Cómo estaba la cafetera? —Sucia. —Tampoco puedo soportar el que me hayas humillado públicamente de esa manera. Si tienes algo que decirme, me lo dices a mi directamente, no enfrente de otros. ¿Te quedó claro todo esto?”

No, pus que sí. Y ENCIMA me disculpé, ¿por qué? porque tengo que demostrar que puedo ser una persona humilde con capacidad para reconocer sus propios errores. 

Por supuesto, tanto niego mis errores que voy a terapia porque, no mames, no tengo nada qué hacer.

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