Quinto día

David me recibe con una broma de lo más absurda y humillante: yo tenía que hablarle al jefe para pedirle que nos mandara una pipa porque el gas se había terminado.

En el momento pude haber preguntado “¿Gas? ¿Cuándo usan gas aquí?”, incluso llegué a imaginar que la cafetera era alguna especie de modelo vintage o algo así, que necesitara gas para calentar el agua y hacer vapor; pero yo, por buena onda, por ser buena compañera, porque tenemos que apoyarnos mutuamente, porque somos un equipo, y todas esas estupideces, hice la llamada.

El jefe me contesta y me saluda cordial como siempre, le regreso el saludo y le hablo sobre el gas que se terminó y me dice “¿Gas? Nosotros no usamos gas, Ceci…”. En ese momento vi como si el rostro de David se deformara en perspectiva de ojo de pescado. Entre risas su ojo izquierdo resaltaba más, después su nariz, luego su boca y su barbilla. Al final, el mundo entero estaba en esa perspectiva circular. Mientras tanto, yo me hacía pequeña y me sentía rodeada de niños malcriados e insulsos.

Con la llamada pendiente le pasé mi celular a David, no quise continuar hablando con el jefe porque me iba a ir peor. De repente el sujeto dijo “No, señor, no es nada, sólo una pequeña bromita para empezar el día… Ay, no sé, oye, ¿estás enojada?” y con una expresión nefasta en mi rostro le dije que sí. No pretendía ocultar lo que sentía, no tanto porque no quisiera, sino porque no podía.

Cuando David terminó de hablar con el jefe me regresó mi celular y colgué la llamada. Ambos chicos hicieron expresión de sorpresa, y David me dijo que el jefe aún quería hablar conmigo. Le dije que no lo haría porque estaba demasiado enojada y sólo me desquitaría con él. Hicieron una especie de bulla como chicos de secundaria que acababan de ver cómo una chica se daba el golpe de su vida con una caída y que, además, le vieron su ropa interior.

No podía creer lo humillada que me sentía. Lo digo así porque me estaba sintiendo cómoda, pero después de eso fue difícil volver a sentirme así. Cada vez comienzo a sentirme más y más ajena al lugar.

Más tarde llegó Laura (primer nombre de mi tocaya) con sus amiguitos desconocidos. Yo estaba en la barra disfrutando del aire fresco cuando llega una mesa, y uno de los desconocidos dice “ay, yo la atiendo” y sin tomar en cuenta que yo estaba ahí sin hacer nada, y que él estaba haciendo mi trabajo sin decirme nada a mi, va y les deja las cartas. “Ok”, pensé, “quiere atender la maldita mesa de dos personas, le doy la libreta de comandas y una pluma”. Pues ni ofreciéndole sus materiales para que trabajara me dirigía la mirada. No fue hasta que Alex le dijo “sí, sí, tómales la órden, jajaja”, y ahí va el tipo, le ordenan una bebida y le doy la mano para que me dé la comanda mientras le pregunto qué le ordenaron. Como si yo estuviera pintada le habla a Alex, le entrega a ella la comanda y le dice “Un frappé de chocolate blanco!”.

¡Ah, ok! ¿Saben qué? Si yo no existo, ¡ok! No hay problema. Me metí a la cocina y me puse a jugar con mi celular.

Más tarde en la noche, cuando los desconocidos y Alex se fueron, me sentí libre de salir y meserear. Y entonces Lau me dice “Oye, déjame a mi meserear y tu te quedas en cocina preparando alimentos y lavando trastes, ¿va?”

¿Pero qué chingados pasa?

“Ok”, pensé, “quiere estar con su novio, va”. Y acepté sin quejarme de ningún modo, finalmente es trabajo.

El resto de mi turno estuve dentro de la cocina. No me hablaban para nada más que para pedirme preparar baguettes y croissants, y lavar los trastes (como si eso no lo supiera). Hubo un momento en el que quería soltar el llanto ahí. Apenas es mi quinto día y ya me están corriendo cuando nunca me dieron la bienvenida.

Entiendo que no vengo a hacer amigos, que vengo a trabajar, ¿pero es necesaria la exclusión? Ni siquiera me ven como una compañera de trabajo, ¿o qué, tengo que tener alguna amistad en común con ellos, o ser pariente de su papá, o ser la novia de alguna amistad de ellos?

Daniel fue por mi y me abrazó para consolarme. Iba a empezar a llorar y en el camino le fui platicando cómo había estado mi día. Llegando a casa solté el llanto y preguntaba por qué tenía que soportar esas cosas. Que no era justo, yo no les había hecho nada. Y él me consolaba con palabras y anécdotas similares que le habían ocurrido, además de darme soluciones para la situación que se había presentado. Después de un rato me pude tranquilizar y cenamos algo juntos. Me trae comida que cocina mi mamá y últimamente me sabe muy deliciosa.

Hagane Mobile

¿Qué opinaría Adam West? ¿O tu?

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s