Juzgo a la gente

Veo a una mujer a la que no le puedo suponer la edad porque su cara está muy arrugada y desgastada por el maquillaje, sus labios están inchados por inyecciones de colágeno, y su cabello mal pintado de rubio descubre sus orígenes castaños. Me hace pensar que es una mujer que no soporta las críticas, que le enseñaron que era una mujer fea y que no iba a lograr nada en la vida. Sin embargo, esa mujer me habla de manera amable y casual, sin intentar quedar bien conmigo con una plática banal. Me pide prestada una computadora, le doy la que tiene el número uno.

La mujer se sienta y comienza a usar la máquina, pero a los pocos minutos llama mi atención para pedirme ayuda; quería transcribir una carta, pero no sabía cómo hacerlo. Me pregunté, si no sabía qué rayos hacer, ¿qué estuvo haciendo todo este rato?. Había logrado abrir una página de internet para escribir en ella, pero no funcionaba de la manera en la que ella quería, por obvias razones. Automáticamente deduje que la mujer no hacía uso constante de la computadora, lo cual me hizo pensar en lo absurdo que era el intentar hacer algo de lo que ni tenía idea de cómo empezar, pero después concluí que tal vez se trataba de una persona que le gustaba intentar y aprender las cosas por ella misma, tal vez para no sentirse tan tonta, a pesar de que quedó viéndose como una.

Abrí el programa que cualquier persona sensata usaría para escribir y crear un documento, el satánico Office Word. Le di un par de indicaciones (como cambiar el tamaño y el tipo de letra), la mujer se quedó sin dudas y yo volví a mis tareas cotidianas del café internet (lavar trastes). Pasaron unos quince minutos y descubrí que la mujer estaba usando el teclado de la computadora como si fuera una máquina de escribir del siglo XX. Pensé entonces que era una mujer mayor, de aproximandamente unos 55 años, que había sido de familia adinerada y que había asistido a colegios donde le enseñaron mecanografía, pero por la falta de atención en clase y práctica, había olvidado cómo acomodar los dedos en el teclado. Tampoco hacía mucho uso de la escritura, pues tuve que corregir ortografía y signos de puntuación en su documento.

Pero vi sus manos, adornadas con discretas pulceras doradas y un anillo en la mano izquierda, y me parecieron unas manos hermosas. Sus arrugas y sus venas resaltadas evocaban en mi mente la suavidad de la cáscara del durazno y el olor de la tierra mojada. Lástima que ese efecto lo provocaran las cremas hidratantes que usó durante su juventud.

La mujer no me cayó mal, pero tampoco me pareció una persona cualquiera. Sentí que tenía historias interesantes qué contar, y eso era lo que más me llamaba la atención de ella.

Gentilmente me pidió que le cobrara, me pagó y se fue despidiéndose de mi, deseándome un buen día. No hizo faramalla ni se pavoneó porque tenía humildad; tenía experiencia y sabiduría por ésta.

Pero yo juzgo a la gente, ¿en verdad lo hago? No lo hago con malas intensiones, no pretendo rebajar a los demás ni condenarlos al infierno (ellos solitos lo hacen). A veces me dejo llevar, pero al final les pregunto lo que más me inquieta cuando los veo; ¿eres extrangero?, ¿eres transexual?, ¿asistes al bacho?, porque si les pregunto directamente que si son pendejos, se ofenden. Si es una pregunta, nada más. Bah, a quién engaño, de cualquier forma se ofenden. Luego por qué les digo “pendejos”.

A veces juzgo mal, otras, bien. Como cuando conocí a mis amigos y a mi novio, porque a pesar de que conozco sus etapas de depresión y de ira, sus fallas, sus errores y sus temores, y que hemos tenido discusiones y vivido momentos de angustia y enojo uno por el otro, siempre pensé que serían las personas más fantásticas y geniales que jamás conoceré, y ¿saben qué? tuve razón. Mucha, mucha razón.

FIN

¿Qué opinaría Adam West? ¿O tu?

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