Las drogas

Desde hace un par de años (y todavía actualmente), varias personas me han preguntado si alguna vez tuve el interés de consumir drogas, y la respuesta es no. Sí tuve la curiosidad de saber qué se sentía, pero fuera de eso nunca vi las drogas para escapar de la realidad, para evadir mis problemas, porque otros lo hacían, porque se sentía chido y cosas así.

Me da miedo. Al menos las drogas más comunes implican aspirar por la nariz o la boca (fumar), cosa que no me gusta; e inyecciones, las cuales me causan pavor. No quiero fumar, no me llama la atención aprender a hacerlo, mucho menos aspirar cosas con la nariz (ni siquiera soporto aspirar mis mocos). Me dan mucho miedo las inyecciones; y más cuando fueron parte de la pesadilla de cuando estuve en los hospitales, cuando me inyectaban la anestesia. Tampoco quiero consumir cosas que puedan dañar más mi cuerpo (y digo “más” porque ya tengo suficiente comiendo comida chatarra y garnachas en la calle).

Puedo decir que “soy adicta” a ciertas cosas, pero es porque me gusta demasiado lo bien que me hacen sentir. Por ejemplo, me encanta beber té, en especial té chai; comer sopas calientes en cualquier época del año, acariciar a un animal, comer fruta, beber jugo de naranja, el olor de la tierra mojada y la lluvia, él y otras cosas más, me dan una sensación de paz muy placentera, me siento relajada y tranquila conmigo misma y el mundo, pensando que todo estará bien, que encontraré solución a mis problemas y modos para evitar otros; no tengo motivos para sentirme enojada. Por eso mi “adicción” a todo eso.

Pero si tengo que decir qué droga consumo, diré aquella que es más grande que yo y el universo, que nunca dejaré sin importar lo que pase, aquella que estará conmigo el resto de mi vida y de la vida del mundo: mi imaginación.

Imaginar es lo mejor que puedo hacer para sentirme mejor. No duele, es instantáneo, no tengo que inyectarme con nada ni aspirar por la nariz (excepto aire) y es gratis.

Inspirarme para imaginar es fácil: escuchando cualquier canción o viendo una película. El canto de los pájaros y ponerles letra y armonía. Sentir el viento en mi cabello y la lluvia en mi cara, e imaginar que corro atravesando la adversidad de la tormenta. Ver a la gente caminando en la calle y los analizo para hacer sus historias y hacerlos parte de las mías. Cuando veo las nubes en el cielo, me imagino volando a través de ellas a una gran velocidad, haciendo volteretas como si fuera un trapecista. Cuando veo las estrellas en la noche, quiero andar cerca de ellas y buscar el conejo blanco en la luna.

Siempre, cuando viajo y me siento al lado de la ventana, veo a alguien corriendo a la misma velocidad del autobus, que brinca y esquiva cada obstáculo que aparece, como si fuera parkour. O a veces me imagino con alguien y creo historias, dependiendo de quién se trate será el tipo de historia que imagine. Una historia de suspenso, romance, acción, gore, porno; con dragones, armas, la mafia italiana en Chicago, robots asesinos, caballeros y princesas…

Y como todo es malo en exceso, pues llego al punto de malviajarme (delirar) y es cuando las cosas dejan de ser chidas, pero no importa porque el poder de la imaginación es más fuerte, así que sólo tengo que hacer algunos cambios “aquí y allá” en la historia, y listo, todo es genial otra vez.

Con esto no quiero decir que viva todo el tiempo en el alucine, pero imaginar es algo que me fascina hacer y que puedo hacer en cualquier momento. Además, me ayuda a ser creativa para solucionar problemas y, por supuesto, para dibujar. Por eso es mi droga, y es mi favorita.

 

FIN

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