Temeroso de la vida es aquél que se rehúsa a cambiar lo ya gastado.

En algún momento a todo le llega su final. Todo termina porque nada puede ser para siempre.

Pasa con todas las cosas. Con los electrodomésticos, celulares, computadoras, televisiones y demás aparatos tecnológicos; las relaciones con las personas, como amistades, amoríos, relaciones de familia. Las series de televisión, las sagas de películas, libros, comics y mangas. Muchas cosas tienen su fin. Mi lindo blog y la misma vida lo tienen.

Cuando obligas a algo (o a alguien) a que continúe avanzando después de que su ciclo termina, su calidad en todo se reduce a cero a una velocidad impresionante; es decir, su eficiencia, su productividad, su pensamiento, su emoción, su calidad, todo, baja rápidamente hasta llegar a nulo, cuando ya es inútil totalmente (y cuando comienzan las quejas).

Pues ese es mi caso con el trabajo. Al principio todo era, literal, color de rosa. No tenía nada de qué quejarme. Un jefe amigable, comprensivo y motivador, con quien platicar sobre series, películas, videojuegos y demás frikeadas; un perfecto líder. Compañeros amistosos (uno que otro imbécil) con quienes me la pasaba bien. Clientes que, en un principio apreciaban mi trabajo y me daban propina por saber usar photoshop (muchos años de ocio dieron resultados positivos), etc.

Fue la época en la que me quedaba bien el trabajo, pues estaba estudiando la prepa con el sistema abierto de la SEP, y los exámenes los hacía los fines de semana.  El primer año fue bueno, muy bueno. No podía pedir un trabajo más perfecto que ese. Me gusta el café, lo disfruto. Los tés, las galletas, los postres, los bagels y demás. Prepararlos y servirlos a los clientes y que queden satisfechos. Recibir propinas de casi todos. En fin, un empleo de ensueño para alguien como yo.

Pero todo llega a su fin.

Odio el rosa. Terminé la prepa, ya no vivo con Ruth, necesito recibir un sueldo más grande, mis metas ya son otras, necesito cambiar de aires, de ambiente. Tengo que estudiar, ya quiero entrar a la universidad; tengo que trabajar en mis sueños y anhelos, tengo que practicar en mis dibujos. No voy a ser barista el resto de mi vida (aunque me guste, no es mi objetivo vivir de eso). Ya no necesito trabajar en el mismo café internet.

Ahora todo es tedioso, aburrido y bochornoso. Hacer las cosas por dinero, es igual a obligarte a hacer las cosas. ¿Es justo? ¿En verdad lo es? Claro que no, no se vale. Ni para mi ni para los malditos clientes judíos de mierda hijos de p_ta.

Las propinas que me dejan, o son pocas o son nada. La gente ya es molesta, se quejan de lo mismo una y otra vez, cosas simples sin tanta relevancia, como la forma de las tazas (que son comunes), el diseño de las sillas, que la computadora no da indicaciones claras, que la tinta de la impresora se está terminando, y así.

Que faltó dinero en la caja, que se acaban los insumos, que hay mucha merma de hojas.

¿A quién hay que culpar? Al empleado.
Por lo tanto, ¿quién lo paga? El empleado.

Uno cree ilusamente que el cliente, después de ser atendido por parte del empleado, se irá a otra parte en el mundo y en su mente; olvidándose del lugar donde estuvo antes, del empleado que lo atendió y de las actitudes que recibió por parte de éste, pero no es así. Va y le dice al jefe, al dueño, al gerente, a cualquier persona con posición superior a la tuya, para quejarse de ti, acusarte por tu maldita actitud presuntamente despectiva, rechazante y grosera. Porque le hablaste mal, le hiciste ademanes feos, lo viste de manera denigrante; lo trataste como vil basura pobre sin sentimientos.

Y va el superior del empleado a amonestarle una y otra, y otra vez, de lo misma situación.

¿Pero, por qué?

¿Por qué no detener esta cansada realidad?

Las despedidas son sanas, aunque se crea lo contrario. Dan entrada a algo nuevo que puede ser mucho mejor que lo anterior, ¿por qué da tanto miedo? El cambio es lo mejor que uno puede hacer, no solo para otros; para uno mismo, también.

El cambio no hará que olvidemos todas las cosas buenas que vivimos con aquella cosa o persona, esos recuerdos son los que harán que jamás muera: a menos de que nosotros mismos deseemos lo contrario, y si es así, entonces sin duda alguna la muerte llegará a ellos y desaparecerán por siempre.

Temeroso de la vida es aquél que se rehúsa a cambiar lo ya gastado.

 

Y con todo esto quiero decir que ya estoy hasta la p_ta madre del trabajo y de su implicación principal: la gente pendeja.

FIN

¿Qué opinaría Adam West? ¿O tu?

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